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Un lugar donde volver

La práctica consiste en reconocer cuándo nos hemos ido y desarrollar la capacidad de volver, una y otra vez.

La atención tiene una costumbre curiosa. Salta de una cosa a otra con bastante facilidad. Un sonido lleva a un recuerdo, el recuerdo a una preocupación, la preocupación a una conversación imaginaria que todavía no ha ocurrido. Cuando nos damos cuenta, hace rato que ya no estamos donde creíamos estar.

Es algo tan habitual que casi parece la forma normal de vivir.

Quizá por eso la práctica empieza siempre de una manera tan sencilla. No buscando experiencias especiales, ni intentando detener los pensamientos, sino eligiendo un lugar donde volver.

En la meditación Vipassana ese lugar suele ser la respiración. El movimiento tranquilo del abdomen al subir y al bajar. Cuando aparece un pensamiento, una emoción o un sonido, la atención lo reconoce sin pelearse con él, lo etiqueta y después, vuelve.

No porque haya hecho algo mal. Simplemente porque ese regresar una y otra vez es precisamente el entrenamiento.

Con el cuerpo ocurre algo parecido.

En Iyengar cada postura ofrece un objeto sobre el que apoyar la atención. A veces es la presión de los pies contra el suelo. Otras, el alargamiento de la columna, la dirección de los brazos o la manera en que la respiración ocupa el pecho. Desde fuera podría parecer que solo estamos colocando el cuerpo con precisión. Desde dentro está ocurriendo otra cosa.

A medida que la acción se vuelve más clara, la mente empieza a mostrarse. También por eso me parece importante la permanencia en las posturas.

Se hace visible la prisa por terminar, la impaciencia cuando una postura exige permanecer un poco más, la tendencia a evitar aquello que resulta incómodo o la facilidad con la que nos distraemos incluso estando completamente quietos. Todo eso aparece sin necesidad de buscarlo.

La postura termina convirtiéndose en un espejo bastante honesto.

Con el tiempo una descubre que el verdadero trabajo nunca ha sido controlar la mente, hacer un āsana perfecto y tampoco fabricar un estado de calma permanente. La práctica consiste más bien en aprender a reconocer cuándo nos hemos ido y desarrollar la capacidad de volver, una y otra vez, sin enfado, sin juicio y sin demasiada importancia.

Es un gesto muy pequeño. Tan pequeño que a veces pasa desapercibido.

Pero ocurre algo cuando se repite durante meses, durante años.

La atención deja de sentirse como un esfuerzo y empieza a parecerse a una casa. Un lugar al que regresar cuando la mente se dispersa, cuando el cuerpo se tensa o cuando la vida se acelera demasiado.

Quizá por eso nunca he sentido que la meditación y el Yoga Iyengar fueran dos prácticas distintas.

En una el objeto es la respiración. En la otra puede ser una acción muy precisa dentro de una postura. Lo que se entrena, sin embargo, es exactamente la misma capacidad: permanecer el tiempo suficiente como para ver las cosas tal y como están ocurriendo.

Y, casi sin darse cuenta, descubrir que siempre ha existido un lugar donde volver.

— Esther Cayetano

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